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5/9/11

Poesia Infantil Venezolana PINTAME ANGELITOS NEGROS Andrés Eloy Blanco



Poesía Infantil Venezolana

PÍNTAME ANGELITOS NEGROS
Andrés Eloy Blanco.
 
¡Ah mundo! La negra Juana,
¡la mano se le pasó!
Se le murió su negrito,
sí, señor.

- ¡Ay compadrito del alma,
tan sano que estaba el negro!
Yo no el acataba el pliegue,
yo no le miraba el hueso;
como yo me enflaquecía,
lo medía con mi cuerpo,
se me iba poniendo flaco,
como yo me iba poniendo.
Se me murió mi negrito;
Dios lo tendría dispuesto;
ya lo tendrá colocao
como angelito del cielo..

Desengáñese, comadre,
que no hay angelitos negros.

Pintor de santos de alcoba,
pintor sin tierra en el pecho,
que cuando pintas tus santos
no te acuerdas de tu pueblo;
que cuando pintas tus vírgenes
pintas angelitos bellos,
pero nunca te acordaste
de pintar un ángel negro.

Pintor nacido en mi tierra,
con el pincel extranjero;
pintor que sigues el rumbo
de tantos pintores viejos,
aunque la vírgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

No hay un pintor que pintara
angelitos de mi pueblo.
Yo quiero angelitos blancos
con angelitos morenos.
Angel de buena familia
no basta para mi cielo.

Si queda un pintor de santos,
si queda un pintor de cielos,
que haga el cielo de mi tierra
con los tonos de mi pueblo,
con su ángel de perla fina,
con su ángel de medio pelo,
con sus ángeles catires,
con sus angelitos blancos,
con sus ángeles morenos,
con sus angelitos indios,
con sus angelitos negros,
que vayan comiendo mango
por las barriadas del cielo.

Si al cielo voy algún día,
tengo que hallarte en el cielo,
angelitico del diablo,
serafín cucurusero.

Si sabes pintar tu tierra,
así has de pintar tu cielo,
con su sol que tuesta blancos,
con su sol que suda negros,
porque para eso lo tienes
calientito y de los buenos.
Aunque la Vírgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

No hay una iglesia de rumbo,
no hay una iglesia de pueblo,
donde hayan dejado entrar
al cuadro angelitos negros.
y entonces, ¿a dónde van,
angelitos de mi pueblo,
zamuritos de Guaribe,
torditos de Barlovento?

Pintor que pintas tu tierra,
si quieres pintar tu cielo,
cuando pintas angelitos
acuérdate de tu pueblo,
y al lado del ángel rubio,
y junto al ángel trigueño,
aunque la Vírgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

Poesía Infantil. El Niño Don Simón de Manuel Felipe Rugeles


4/9/11

Poesía Infantil. La avispa ahogada. Aquiles Nazoa-Venezolano.


                           La avispa ahogada.
                               Aquiles Nazoa-Venezolano.

 La avispa aquel día, desde la mañana,
como de costumbre, bravísima andaba.
El día era hermoso, la brisa liviana;
cubierta la tierra, de flores estaba
y mil pajaritos los aires cruzaban.

Pero a nuestra avispa -nuestra avispa brava
nada le atraía, no veía nada
por ir como iba, comida de rabia.
"Adiós", le dijeron unas rosas blancas
y ella ni siquiera se volvió a mirarlas
por ir abstraída, torva, ensimismada,
con la furia sorda que la devoraba.

"Buen día" le dijo, la abeja, su hermana
y ella que de furia, casi reventaba,
por toda respuesta, le echo una roncada
que a la pobre abeja, dejo anonadada.
Ciega como iba, la avispa de rabia,
repentinamente, como en una trampa,
se encontró metida, dentro de una casa.

                                   Echando mil pestes, al verse encerrada, 
en vez de ponerse, serena y con calma a buscar por donde, salir de laestancia, ¿sabéis lo que hizo? ¡Se puso más brava!
Se puso en los vidrios, a dar cabezadas,
sin ver en su furia, que a corta distancia
ventanas y puertas, abiertas estaban;
y como en la ira, que la dominaba
casi no veía, por donde volaba,
en una embestida, que dió de la rabia
cayó nuestra avispa, en un vaso de agua.
¡Un vaso pequeño, menor que una cuarta
donde hasta un mosquito, nadando se salva!
Pero nuestra avispa, nuestra avispa brava,
más brava se puso, al verstirar picadas
y a lanzar conjuros y a emitir mentadas.
Y así, poco a poco, fue quedando exhausta
hasta que furiosa, pero emparamada,
terminó la avispa por morir e mojada,
y en vez de ocuparse, la muy insensata,
de ganar la orilla, batiendo las alas
se puso a echar pestes y a ahogada.
     Aquiles Nazoa-Venezolano
 

¿QUÉ ES UN NIÑO?

¿QUÉ ES UN NIÑO?

Entre la inocencia de la infancia y la dignidad de la madurez encontramos una encantadora criatura llamada niño.
Los niños vienen en diferentes medidas, pesos y colores, pero todos tienen el mismo credo: disfrutar cada segundo, de cada minuto, de cada hora, de cada día y de protestar ruidosamente (su única arma) cuando el último minuto se termina y los padres los meten a la cama.
A los niños se les encuentra dondequiera: encima, debajo, dentro, trepando, colgando, corriendo o brincando. Las mamás los adoran, las niñas los detestan, los hermanos mayores los toleran, los adultos los ignoran y el Cielo los protege.
Un niño es la verdad con la cara sucia, la belleza con una cortada en el dedo, la sabiduría con el chicle en el pelo y la esperanza del fruto con una rana en el bolsillo.
Cuando estás ocupado, un niño es un carnaval de ruido desconsiderado, molesto y entrometido. Cuando quieres que dé una buena impresión, su cerebro se vuelve de gelatina o se transforma en una criatura salvaje y sádica orientada a destruir el mundo y a sí mismo.
Un niño es una combinación --tiene el apetito de un caballo, la digestión de un traga-espadas, la energía de una bomba atómica, la curiosidad de un gato, los pulmones de un dictador, la imaginación de Julio Verne, la vergüenza de una violeta, la audacia de una trampa de fierro, el entusiasmo de una chinampina y cuando hace algo tiene cinco dedos en cada mano.
Le encantan los helados, las navajas, las sierras, las navidades, los libros con ilustraciones, las clases de música, las corbatas, los peluqueros, las niñas, los abrigos, los adultos y la hora de acostarse.
Nadie más se levanta tan temprano, ni se sienta a comer tarde. Nadie más se divierte tanto con los árboles, perros y la brisa. Nadie más puede traer en el bolsillo un cortaplumas oxidado, media manzana, un metro de cordel, un saco vacío, dos pastillas de chicle, seis monedas, una honda, un trozo de sustancia desconocida y un auténtico anillo supersónico con un compartimiento secreto.
Autor: Rodney Collin
 

Literatura Infantil y Juvenil Venezolana:La I Latina. José Rafael Pocaterra

La I Latina.
                                              José Rafael Pocaterra (Venezolano).

I

¡No, no era posible!, andando ya en siete años y burrito, burrito, sin conocer la o por lo redondo y dando más que hacer que una ardilla.

-¡Nada!, ¡nada! -dijo mi abuelita-. A ponerlo en la escuela...

Y desde ese día, con aquella eficacia activa en el milagro de sus setenta años, se dio a buscarme una maestra. Mi madre no quería; protestó que estaba todavía pequeño, pero ella insistió resueltamente. Y una tarde al entrar  de la calle, deshizo unos envoltorios que le trajeron y sacando un bulto, una pizarra con su esponja, un libro de tipo gordo y muchas figuras y un atadito de lápices, me dijo poniendo en mi aquella grave dulzura de sus ojos azules: -¡Mañana, hijito, casa de la señorita que es muy buena y te va a enseñar muchas cosas...!

¡Yo me abracé a su cuello, corrí por toda la casa, mostré a los sirvientes mi bulto nnuevo, mi pizarra flamante, mi libro, todo marcado con mi nombre en la magnífica letra de mi madre, un libro que se me antojaba un cofrecillo sorprendente, lleno de maravillas! Y la tarde ésa y la noche sin quererme dormir, pensé cuántas cosas podría leer y saber en aquellos grandes librotes forrados de piel que dejó mi tío el que fue abogado y que yo hojeaba para admirar las viñetas y las rojas mayúsculas y los montoncitos de caracteres manuscritos que llenaban el margen amarillento.

Algo definitivo decíame por dentro que yo era ya una persona capaz de ir a la escuela.

II

¡Hace cuántos años, Dios mío! Y todavía veo la casita humilde, el largo corredor, el patiecillo con tiestos, al extremo una cancela de lona que hacía el comedor, la pequeña sala donde estaba una mesa negra con una lámpara de petróleo en cuyo tubo bailaba una horquilla. En la pared había un mapa desteñido y en el cielo raso otro formado por las goteras. Había también dos mecedoras desfondadas, sillas; un pequeño aparador con dos perros de yeso y la mantequillera de vidrio que fingía una clueca echada en su nido; pero todo tan limpio y tan viejo que dijérase surgido así mismo, en los mismos sitios desde el comienzo de los siglos.

Al otro extremo del corrector, cerca de donde me pusieron la silla enviada de casa
desde el día antes, estaba un tinajero pintado de verde con una vasija rajada; allí un agua cristalina en gotas musicales, largas y pausadas, iba cantando la marcha de las horas. Y no sé por qué aquella piedra de filtrar llena de yerbajos, con su moho y su olor a tierras húmedas, me evocaba ribazos del río o rocas avanzadas sobre las olas del mar...

Pero esa mañana no estaba yo para imaginaciones, y cuando se marchó mi abuelita,
sintiéndome solo e infeliz entre aquellos niños extraños que me observaban con el
rabillo del ojo, señalándome; ante la fisonomía delgadísima de labios descoloridos
y nariz cuyo lóbulo era casi transparente, de la Señorita, me eché a llorar. Vino a consolarme, y mi desesperación fue mayor al sentir en la mejilla un beso helado como una rana.

Aquella mañana de «niño nuevo» me mostró el reverso de cuanto había sido ilusorias visiones de sapiencia... Así que en la tarde, al volver para la escuela, a rastras casi de la criada, llevaba los párpados enrojecidos de llorar, dos soberbias nalgadas de mi tía y el bulto en banderola con la pizarra y los lápices el virginal Mandevil tamborileando dentro de un modo acompasado y burlón.
III

Luego tomé amor a mi escuela y a mis condiscípulos: tres chiquillas feúcas, de pelito azafranado y medias  listadas, un gordinflón que se hurgaba la nariz y nos punzaba con el agudo lápiz de pizarra; otro niño flaco, triste, ojerudo, con un pañuelo y unas hojas siempre al cuello y oliendo a aceite; y Martica, la hija del Letrero de enfrente que era alemán. Siete u ocho a lo sumo: las tres hermanas se llamaban las Rizar, el gordinflón José Antonio, Totón, y el niño flaco que —41→ murió a poco, ya no recuerdo cómo se llamaba. Sé que murió porque una tarde dejó de ir, y dos semanas después no hubo escuela.

La Señorita tenía un hermano hombre, un hermano con el cual nos amenazaba cuando dábamos mucho que hacer o estallaba una de esas extrañas rebeldías infantiles que delatan a la eterna fiera.

-¡Sigue!, ¡sigue rompiendo la pizarra, malcriado, que ya viene por ahí Ramón María!

Nos quedábamos suspensos, acobardados, pensando en aquel terrible Ramón María que podía llegar de un momento a otro... Ese día, con más angustia que nunca, veíamosle entrar tambaleante como siempre, oloroso a reverbero, los ojos aguados, la nariz de tomate y un paltó dril verdegay.

Sentíamos miedo y admiración hacia aquel hombre cuya evocación sola calmaba las tormentas escolares y al que la Señorita, toda tímida y confusa, llevaba del brazo hasta su cuarto, tratando de acallar unas palabrotas que nosotros aprendíamos y nos las endosábamos unos a los otros por debajo del Mandevil.

-¡Los voy a acusar con la Señorita! -protestaba casi con un chillido Marta, la más resuelta de las hembras.

-La Señorita y tú... -y la interjección fea, inconsciente y graciosísima, saltaba de aquí para allá como una pelota, hasta dar en los propios oídos de la Señorita.

Ese era día de estar alguno en la sala, de rodillas sobre el enladrillado, el libro en las manos, y las orejas como dos zanahorias.

-Niño, ¿por qué dice eso tan horrible? -me reprendía afectando una severidad que desmentía la dulzura gris de su mirada.

-¡Porque yo soy hombre como el señor Ramón María! Y contestaba, confusa, a mi atrevimiento: -Eso lo dice él cuando está «enfermo».

IV

A pesar de todo, llegué a ser el predilecto. Era en vano que a cada instante se alzase una vocecilla:
-¡Señorita, aquí «el niño nuevo» me echó tinta en un ojo!
-Señorita, que «el niño nuevo» me está buscando pleito.
A veces era un chillido estridente seguido de tres o cuatro mojicones:
-¡Aquí...!

Venía la reprimenda, el castigo; y luego más suave que nunca, aquella mano larga, pálida, casi transparente de la solterona me iba enseñando con una santa paciencia a conocer las letras que yo distinguía por un método especial: la A, el hombre con las piernas abiertas y evocaba mentalmente al señor Ramón María cuando entraba «enfermo» de la calle-; la O, al señor gordo -pensaba en el papá de Totón-; la Y griega un a horqueta -como la de la china que tenía oculta-; la I latina, la mujer flaca -y se me ocurría de un modo irremediable la figura alta y desmirriada de la Señorita... Así conocí la Ñ, un tren con su penacho de humo; la P, el hombre con el fardo; y la & el tullido que mendigaba los domingos a la puerta de la iglesia.

Comuniqué a los otros mis mejoras al método de saber las letras, y Marta -¡como siempre!- me denunció:
-¡Señorita, «el niño nuevo» dice que usted es la I latina!

Me miró gravemente y dijo sin ira, sin reproche siquiera, con una amargura temblorosa en la voz, queriendo hacer sonrisa la mueca de sus labios descoloridos:
-¡Sí la I latina es la más desgraciada de las letras... puede ser!

Yo estaba avergonzado; tenía ganas de llorar. Desde ese día cada vez que pasaba el puntero sobre aquella letra, sin saber por qué, me invadía un oscuro remordimiento.

V

Una tarde a las dos, el señor Ramón María entró más «enfermo» que de costumbre, con el saco sucio de la cal de las paredes. Cuando ella fue a tomarle del brazo, recibió un empellón yendo a golpear con la frente un ángulo del tinajero. Echamos a reír; y ella, sin hacernos caso, siguió detrás con la mano en la cabeza... Todavía reíamos, cuando una de las niñas, que se había inclinado a palpar una mancha oscura en los ladrillos, alzó el dedito teñido de rojo:
-Miren, miren: ¡le sacó sangre!
Quedamos de pronto serios, muy pálidos, con los ojos muy abiertos.

Yo lo referí en casa y me prohibieron, severamente, que lo repitiese. Pero días después, visitando la escuela el señor inspector, un viejecito pulcro, vestido de negro, le preguntó delante de nosotros al verle la sien vendada:
-¿Como que sufrió algún golpe, hija?
Vivamente, con un rubor débil como la llama de una vela, repuso azorada:
-No señor, que me tropecé...

-Mentira, señor inspector, mentira -protesté rebelándome de un modo brusco, instintivo, ante aquel angustioso disimule- fue su hermano, el señor Ramón María que la empujó, así... contra la pared... -y expresivamente le pegué un empujón formidable al anciano.
-Sí, niño, si ya sé... -masculló trastumbándose.
Dijo luego algo más entre dientes; estuvo unos instantes y se marchó.

Ella me llevó entonces consigo hasta su cuarto; creí que iba a castigarme, pero me sentó en sus piernas y me cubrió de besos; de besos fríos y tenaces, de caricias maternales que parecían haber dormido mucho tiempo en la red de sus nervios, mientras que yo, cohibido, sentía que al par de la frialdad de sus besos y del helado acariciar de sus manos, gotas de llanto, cálidas, pesadas, me caían sobre el cuello. Alcé el rostro y nunca podré olvidar aquella expresión dolorosa que alargaba los grises ojos llenos de lágrimas y formaba en la enflaquecida garganta un nudo angustioso.

VI

Pasaron dos semanas, y el señor Ramón María no volvió a la casa. Otras veces estas ausencias eran breves, cuando él estaba «en chirona», según nos informaba Tomasa, única criada de la Señorita que cuando ésta salía a gestionar que le soltasen, quedábase dando la escuela y echándonos cuentos maravillosos del pájaro de los siete colores, de la princesa Blanca-flor o las tretas siempre renovadas y frescas que le jugaba tío conejo a tío tigre.

Pero esta vez la Señorita no salió; una grave preocupación distraíala en mitad de las lecciones. Luego estuvo fuera dos o tres veces; la criada nos dijo que había ido a casa de un abogado porque el señor Ramón María se había propuesto vender la casa.

Al regreso, pálida, fatigada, quejábase la Señorita de dolor de cabeza; suspendía las lecciones, permaneciendo absorta largos espacios, con la mirada perdida en una niebla de lágrimas... Después hacía un gesto brusco, abría el libro en sus rodillas y comenzaba a señalar la lectura con una voz donde parecían gemir todas las resignaciones de este mundo: -vamos, niño: «Jorge tenía una hacha...».

VII

Hace quince días que no hay escuela. La Señorita está muy enferma. De casa han estado allá dos o tres veces. Ayer tarde oí decir a mi abuela que no le gustaba nada esa tos...No sé de quién hablaban.

VIII

La Señorita murió esta mañana a las seis...

IX

Me han vestido de negro y mi abuelita me ha llevado a la casa mortuoria. Apenas la reconozco: en la repisa no están ni la gallina ni los perros de yeso; el mapa de la pared tiene atravesada una cinta negra; hay muchas sillas y mucha gente de duelo que rezonga y fuma. La sala llena de vecinas rezando. En un rincón estamos todos los discípulos, sin cuchichear, muy serios, con esa inocente tristeza que tienen los niños enlutados. Desde allí vemos, en el centro de la salita, una urna estrecha, blanca y larguísima que es como la Señorita y donde está ella metida. Yo me la figuro con terror: el Mandevil abierto, enseñándome con el dedo amarillo, la I, la I latina precisamente.

A ratos, el señor Ramón María que recibe los pésames al extremo del corredor y que en vez del saco dril verdegay luce una chupa de un negro azufroso, va a su cuarto y vuelve. Se sienta suspirando con el bigote lleno de gotitas. Sin duda ha llorado mucho porque tiene los ojos más lacrimosos que nunca y la nariz encendida, amoratada.

De tiempo en tiempo se suena y dice en alta voz:
-¡Está como dormida!

X

Después del entierro, esa noche, he tenido miedo. No he querido irme a dormir.
La abuelita ha tratado de distraerme contando lindas historietas de su juventud. Pero la idea de la muerte está clavada, tenazmente, en mi cerebro. De pronto la interrumpo para preguntarle:

-¿Sufrirá también ahora?
-No -responde, comprendiendo de quién le hablo- ¡la Señorita no sufre ahora!
Y poniendo en mí aquellos ojos de paloma, aquel dulce mirar inolvidable, añade:
-¡Bienaventurados los mansos y humildes de corazón porque ellos verán a Dios!...

Análisis:

Definitivamente la magia de cómo el autor plasma con tanta vehemencia  sensible aquella noble pobreza de una Venezuela, llena de tanta tristeza en su gente y su entorno, como reflejar lo bello de aquellos momentos  de inocencia de niños, las características de una época tan bella, donde las casas reflejaban los sentimientos, angustias y sin sabores de las personas, las emociones, la esperanza, el deseo de ser alguien mejor, es un cuento que coloca de manifiesto  la ingenuidad, la imprudencia mezclado con la simpleza de la niñez, el temor a la muerte, tal vez sumergido en el remordimiento, en el miedo, en la incertidumbre del verdadero valor de la vida, de los momentos , de las personas, de las circunstancias que nos llevan a reflexionar por instantes lo efímero que ese el maravilloso milagro de estar con vida.
               
Se pone de manifiesto  la ternura de la abuela  y  la madre, en el anhelo porque  su niño aprenda a leer,  la descripción de los recuerdos de su tío que le serán útil para su enseñanza, la nostalgia en la descripción de letras, colores y texturas saca a la luz, la ilusión y las ganas de aprender, la manera tan peculiar que usó el niño para aprender las letras del abecedario,  es sin duda muy creativa, está demostrado,  así nada se olvida!.
Comparar a la señorita, su maestra, una mujer delgada, con sus manos frías, mejillas rosado apio, deseo frustrado de ser madre; con la I Latina es ingenioso, pero la tristeza, amor, paciencia y tolerancia demostrada por ella, antes las inquietudes de los niños, el maltrato físico y verbal de su hermano y las circunstancias de la vida, llevan a historia a una lugar especial, quizás el de recordar, que a pesar de las coyunturas permaneció firme en su nobleza y en su rol de  “enseñar”, dejó a un lado sus pesares y aun así pudo continuar. Como la sinceridad y la verdad de los niños, cuando somos adultos nos estorba, sumergiéndolos en un mundo de fachadas, de mentiras, de apariencia.

La historia continua y se enferma la señorita, pasan 15 días cerrada la escuela y los niños extrañan  aquel maravilloso espacio donde además de aprender se divierten, muere la señorita y deja en el niño un hondo sentimiento de soledad, vacio, aquellos lugares donde antes había tanto color y vida, ya no hay nada, hasta los animales extrañan a los que con tanto cariño los han tratado.
Es tanto el dolor de perder a un ser querido que se prefiere pensar que es un sueño o simplemente en reproches para  no aceptar la realidad, se evidencia   temor,  el desconsuelo y la negación hacia la muerte, pero cuento termina con una frase bíblica, que le da un toque de amor:
-¡Bienaventurados los mansos y humildes de corazón porque ellos verán a Dios!... Y todos esperamos tener la fortuna del perdón de Dios para estar en paz consigo mismo y con los demás.


1/9/11

Poesía Infantil

Gloria Fuertes
“Soy el marinero Buenapata,
que por los mares
voy dando la lata.
Yo soy el capitán,
el más temible,
pero a los truenos
les tengo un miedo horrible.”
Lo que tenéis sobre esta líneas es un fragmento de la Canción del Viejo Marinero de Gloria Fuertes

Fuente:
http://espaciolibros.com/poemas-para-ninos/

Literatura Infantil.

La autora británica Julia Eccleshare ha reunido 1001 libros infantiles que hay que leer antes de crecer.
Hubo una vez una vaca, que atendía al nombre de Mo, que no se gustaba a sí misma.
Érase una vez un niño que soñaba en su barrio de Carabanchel.
Había una vez un bosquecillo mágico, lleno de sorpresas, miedos y misterios. Y una isla poblada de pájaros y un príncipe que se convertía en mendigo. Y también un elefante que viajaba de la selva a la ciudad.
Érase una vez un lugar habitado por hadas, fantasmas y monstruos.
Cuentos para todos los gustos. Historias y más historias que han poblado los sueños de los niños y también de los adultos, y que han sido seleccionadas por la editora y escritora infantil británica Julia Eccleshare en 1001 libros infantiles que hay que leer antes de crecer (Grijalbo Ilustrados).
“A mí los libros me ayudaron a tener un mundo independiente y me despertaron el deseo de ser adulta”, dice Elvira Lindo
“Los seres fantásticos son un símbolo de todo lo que de prodigioso hay en la vida”, explica Gustavo Martín Garzo
“Lo que leemos en la infancia permanece siempre en nuestra memoria”, afirma Julia Eccleshare
“El objetivo del libro ha sido el de crear una guía con las mejores obras, tanto clásicas como contemporáneas, dirigidas a niños de todas las edades y a través de todo el mundo”, asegura, vía correo electrónico, Julia Eccleshare.

“Es estupendo ver el dibujo real de Heidi, tan alejado de la imagen de dibujos animados japoneses que tenemos hoy tan presente”.
Fuente: http://valorestic.wordpress.com/category/libros-para-las-familias-y-educadores/